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| Publicado el 3/7/2010 12:45:00 AM |
Una corriente de pensamiento está tomando fuerza en Estados Unidos. Esta tendencia, que no es muy popular, ni mucho menos, apunta a que Washington termine de una vez con las políticas de bloqueo y castigo a algunos regímenes contrarios al sistema capitalista y que intente el acercamiento diplomático y comercial. Lo que llaman la zanahoria en lugar del garrote. Los argumentos son varios: En primer lugar, esos Estados, calificados como "canallas" desde la época de Ronald Reagan, han demostrado en la práctica que no son un peligro para el orden mundial. En segundo lugar, los bloqueos impuestos por Estados Unidos sólo parecen haber servido para hambrear a las poblaciones civiles y consolidar a los regímenes autoritarios y corruptos. Los ejemplos: Cuba, Corea del Norte, Myanmar (ex Burma, ex Birmania). Tercero y principal: Potencias como Rusia y China, y países emergentes como Brasil e India tomaron la iniciativa y están sacando provecho político y económico de la actitud estadounidense. Se presentan como amigos o aliados y establecen vínculos redituables. El caso más cercano a nosotros es el Brasil con su defensa del derecho a Irán a desarrollar su programa nuclear. Dejando de lado las características autoritarias de la teocracia iraní, el apoyo al terrorismo de ese gobierno y las violaciones a los derechos humanos que allí se cometen, el foco de la cuestión es Brasil. ¿Por qué un país ya reconocido como una democracia consolidada (categoría a la que nosotros no terminamos de ingresar) debería asociarse, o al menos respaldar públicamente al gobierno de Mahmud Ahmadinejad? En principio porque Brasil, con Luiz Inácio Lula da Silva a la cabeza, está en un proceso de ascenso internacional que se pone a prueba cotidianamente. Lula demuestra que es un líder regional tomando decisiones propias, que le convienen por lo que significa Irán como proveedor energético y como cliente, pero también se planta frente a un gobierno de Estados Unidos de menor vocación bélica que sus perecederos para ejercer el derecho a comerciar y relacionarse con quien considere conveniente. El caso de Irán es paradigmático porque, al contrario de Cuba, que no es una amenaza para nadie (salvo para los ciudadanos opositores, imposibilitados de votar otro partido que no sea el oficialista), el gobierno de Teherán sí es una amenaza para el Estado de Israel, el principal aliado de Estados Unidos en Medio Oriente. Ahmadinejad provoca a Israel con sus discursos antijudíos y antiisraelíes. La presión y las repuestas igualmente amenazantes de Washington, sobre todo durante los gobiernos de George W. Bush, no hicieron más que incentivar el sentimiento norteamericano y encender un seudo orgullo nacionalista funcional a la teocracia. Así no se llega a ninguna parte, salvo a la guerra, instancia tan cara a los sentimientos e intereses de innumerables políticos y lobbystas norteamericanos. Una pregunta que se hacía en una conferencia en Londres recientemente Nader Mousavizadeh, ex asesor de Kofi Annan y miembro del International Institute for Strategic Studies, era si esta política más flexible de las potencias emergentes iba a llevar automáticamente a una democratización de países como Irán y corea del Norte. "Automáticamente, no", dijo, "pero quién sabe a largo plazo". Lo que si sabemos que la política estadounidense de amigos-enemigos nos llevó hacia donde estamos hoy. Y esto incluye a sus alianzas con gobiernos tan autoritarios y violatorios de los derechos humanos o más que Irán. Arabia Saudita, por ejemplo.
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